La vida se inclinó por repeticiones pequeñas, no por una gran decisión.
Dormir más temprano. Pedir perdón primero. Comer con alguien.
Si pudiera escribirle al joven que fui, diría: no seas quien llega primero. Sé quien llega con los demás.
Lo que más lamento no es un fracaso público.
Es una tarde en la que pospuse la llamada de quien amaba porque una reunión parecía urgente, y luego no volví a marcar.
El resultado de la reunión se olvidó. La voz no. Si estás en una tarde parecida, contesta. Las agendas se reabren. Algunas voces no.
Alguien me prestó un abrigo que no era mío y así crucé el invierno.
Nunca aprendí su nombre completo.
Guardo esa hora como calor, no como deuda. Los recuerdos felices suelen ser entregas pequeñas. Ojalá la próxima calle fría tenga un abrigo para esa persona.